Ruta en coche por Aragón y Cataluña: Uno de los mejores road trips por España

Siempre nos empeñamos en hacer otros planes, pero la vida tiene los suyos…. Y a veces resulta que aún en contra de nuestros anhelos, son justamente lo que necesitábamos. Eso es lo que ha pasado con el viaje de verano de este 2021, un año que todos empezamos sin grandes pretensiones pero con la esperanza e ir volviendo a la normalidad con la llegada de la vacuna contra el COVID-19.

Por toda la situación, no creía factible hacer ninguno de esos grandes viajes a la otra punta del mundo que tanto me gustan, pero tenía en mente varias opciones según fuera evolucionando la pandemia. Lo que sí tenía claro era que no iba a reservar nada hasta última hora. La lista la encabezaba Turquía, un país que llevo deseando visitar mucho tiempo pero que lamentablemente tiene muchos monumentos importantes en obras. Seguía México, que quedó descartado al no ser secundado por mi novio, quien opinaba que debíamos quedarnos algo más cerca de casa. Luego estaba mi tan soñado Egipto, Grecia de nuevo, Italia…. y finalmente un par de road trips por España si todo lo demás fallaba. Así fue. A última hora, por tiempo, presupuesto, horarios de vuelos, etc…. sólo nos medio cuadraba Sicilia y fue tan farragoso adaptar el itinerario a los días, dejar margen para hacer PCR/Antígenos a la vuelta, cuadrar los vuelos para aprovechar…. que nos decantamos por la opción española.

La idea inicial era hacer un viaje de 11-12 días por Navarra, Pirineo Oscense y Costa Brava, pero el cuerpo me pedía este año especialmente un poco más de relax y eliminamos Navarra para añadir un paso por un balneario y unos días de pausa en Barcelona. A priori, tanto movimiento no sugiere para nada el descanso que necesitaba pero quiero aclarar que yo no sé estarme quieta mucho tiempo y este viaje ha supuesto una bajada de ritmo para mis costumbres. Al final, logré un equilibrio ideal que he disfrutado muchísimo.

También la forma de organizarlo ha cambiado. Siempre suelo llevar todo súper cuadrado pero este año simplemente lo dejé hilvanado y eso nos dejó libertad para hacer varios cambios en la última etapa según lo que nos fuera apeteciendo y fue todo un acierto. Es el año de dejar fluir, porque está visto que basta que te enroques en algo para que te cambien los planes constantemente o no salga como tenías planeado.

Finalmente, pasamos 2 días en la provincia de Zaragoza, 2 en Huesca, 2 en Barcelona y 5 en Gerona y Costa Brava.

Día 1: Relax en Alhama de Aragón

Tras una mitad de año de lo más intensa, el cuerpo se merecía una pausa. Por eso, de camino a Huesca decidimos parar en Alhama de Aragón para pasar un día de relax. Comimos pronto y salimos desde Madrid hacia la provincia de Zaragoza, a donde llegamos en apenas dos horas. El hotel nos incluía una sesión de SPA y eso fue lo que hicimos tras la “vuelta de reconocimiento” por la zona, un entorno idílico para desconectar. Pasamos el resto de la tarde en la piscina del hotel y después fuimos a dar un paseo y a cenar en el Bar El Clásico. Cenamos bien, pero no lo recomendamos ya que el personal no es nada amable y los precios están bastante inflados (pedimos 1 entrecot para compartir entre otras cosas y nos trajeron 2). Después vimos en TripAdvisor críticas similares.

Día 2: Monasterio de Piedra y rumbo a Huesca

Después de un sueño súper reparador en nuestra cómoda habitación y un desayuno bastante correcto en el buffet del hotel, pusimos rumbo al cercano Monasterio de Piedra. Es un sitio del que la gente siempre me había hablado maravillas pero a mi no me llamaba especialmente la atención, y tengo que decir que superó mis expectativas porque se un entorno natural precioso. Compré las entradas por internet para tener un 5% de descuento (15,20€/pax) y comenzamos pronto a visitar la zona del monasterio. Después pasamos a la parte natural con sus cascadas, embalses, cuevas y saltos de agua. Todo nos llevó unas tres horas.

Compramos unos bocadillos en un bar e hicimos un picnic improvisado junto al embalse de Nuévalos antes de encaminarnos hacia la provincia de Huesca. Paramos antes en la capital para hacer una compra en el supermercado y echar gasolina y finalmente llegamos a Orós Bajo, uno de los puntos que más ganas tenía de ver. A 15 minutos caminando desde el parking está una impresionante cascada digna de algún parque nacional de Canadá.

Encima, tuvimos la suerte de poder visitarla solos al final de la tarde. Después, fuimos a Asín de Broto, donde se encontraba nuestro alojamiento, y tras dejar las cosas en el hotel y una ducha, fuimos a dar una vuelta por Canfranc, donde cenamos tras ver las estación con un frío HELADOR.

Día 3: Valle de Ordesa

Comenzamos el día muy pronto para disfrutar del que para mí hasta la fecha es el paisaje montañoso más bonito de España: El Valle de Ordesa. Sobre las 8:30 de la mañana dejamos el coche en el parking de Torla y cogimos el autobús (4,50€/pax ida y vuelta) para llegar a la pradera, ya que no está permitido el acceso en coche. En 15 minutos llegamos y comenzamos a hacer la ruta hacia la cascada Cola de Caballo por la Senda de los Cazadores, la opción difícil. Tras una extenuante hora y media de subida, caminamos otros tantos km con unas vistas alucinantes desde las alturas.

Hicimos un picnic con vistas a la cascada y disfrutamos de ese entorno sin igual. La vuelta la realizamos por el Circo de Soaso, un camino largo pero llano por el centro del valle salpicado de cascadas.

Sobre las 18 de la tarde terminamos la ruta, volvimos al hotel a ducharnos y fuimos a cenar al pueblo de Broto, que estaba muy animado. Nos decidimos por Casa Vallés y acertamos de pleno: Pulpo a la parrilla con tierra de pimentón y mayonesa de pulpo, escalivada con anchoas, una tarta de queso con mermelada casera de frutos rojos y un yogur de cabra de la zona con praliné y miel del Pirineo. Una cena a la altura de los kilómetros andados.

Día 4: Ibón de Plan, Aínsa y Graus

Desayunamos en los jardines del alojamiento, un entorno idílico en el que además el buen tiempo acompaño. Después, nos dirigimos hacia el pueblo de Saravillo donde cogimos una pista forestal de 14km previo pago de 3€ para llegar al Ibón de Plan, un sitio muy poco turístico de los Pirineos quizá por su complicado acceso pero que merece absolutamente la pena.

Pasamos la mañana por esa zona, rodeando el lago a pie y simplemente disfrutando del lugar. Tras el picnic con esas vistas, nos encaminamos hacía Aínsa, un pueblo de piedra presente en todas las listas de “los más bonitos de España”. Paseamos por sus calles, tomamos un helado y hicimos algo de compra antes de salir hacia Graus, donde pasaríamos la noche.

Dimos un paseo por su pintoresca plaza principal y dimos cuenta de una buena cena con productos autóctonos en el restaurante del hotel: ensalada, paletilla de ternasco del Pirineo y longaniza de Graus en salsa Bourbon.

Día 5: Rumbo a Barcelona

Para ese día de camino a Barcelona teníamos previsto pasar por La Muralla China de Finestres, pero finalmente lo descartamos porque la dificultad del acceso (15km a pie) nos obligaba a emplear casi todo el día. Siendo así, pasamos fugazmente por Penelles, el pueblo del graffiti, y para la hora de comer estábamos en la Ciudad Condal. Barcelona es una de mis ciudades favoritas y he estado muchísimas veces, por eso en esta ocasión, aprovechando que teníamos que pasar por un tema laboral, alargamos un poco la estancia y la vivimos desde otra manera reservando en un hotel con piscina alejado del centro y disfrutando de la gastronomía. Eso sí, después de comer un menú del día en el vietamita Kiu Nam, esa tarde no faltó el paso por Las Ramblas desde Plaza de Cataluña hasta el puerto, el smoothie en La Boquería y una reunión con amigas.

Después nos dimos un bañito con vistas en la piscina del hotel y fuimos a cenar a un sitio que tenía fichadísimo por Instagram y de obligada parada para los amantes de la tortilla de patata: Les Truites. Mi top: Jamón ibérico y croissant, bacalao al pipil con marisco y pollo al curry. De postre, tortilla de chocolate, nueces y mermelada de frutos rojos.

Día 6: Relax y gastronomía en Barcelona

Ese día era de relax sí o sí así que pasamos la mañana en la magnífica piscina de la azotea del hotel con vistas al Tibidabo y al resto de la ciudad. 

Para comer, miré en El Tenedor algún sitio con promoción al que se pudiera ir andando desde el hotel  y finalmente reservé en Vi Negre. Resultó ser una de las mejores comidas que recuerdo. Pedimos Nachos Zabala (con 3 quesos, jamón Joselito, sobrasada de Mahón, salsa de trufa y miel), una lasaña de verduras de espectáculo y un rabo de toro con queso Brie, vino tinto y chocolate. De postre, una tarta de queso con frutos rojos sublime y un coulant de chocolate blanco con el que se me saltaron las lágrimas. Cada cosa mejor que la anterior, y era difícil.

Por la tarde, de nuevo piscina hasta la hora de la cena, de nuevo elegida desde El Tenedor y a un paseo del hotel: Koh Ndal Thai Bistro, muy rico y refrescante.

Día 7: Gerona, Besalú y llegada a Cadaqués

El día anterior restructuramos los últimos días de viaje. Los pasaríamos en la Costa Brava y la idea era hacer base en algún lugar e ir moviéndonos, pero vimos un hotel el Cadaqués que nos pareció que tenía buen precio y reservamos un par de noches allí. Como era domingo, supusimos que las playas iban a estar atestadas así que nos centramos en puntos que queríamos ver en el interior empezando por Gerona. Fuimos por la carretera de la costa para evitar peajes y la verdad que se hizo un poco pesado, pero una vez allí nos alegramos de la decisión porque la ciudad estaba casi desierta.

Comimos unos platos combinados en König 2, en plena Plaza de la Independencia y luego fuimos a Rocambolesc, la heladería de Jordi Roca, el mejor repostero del mundo. Escogimos dos opciones fresquitas y muy ricas:  Por un lado, sorbete de cereza, nube de saúco con bambolas de arándano y cereza bañada en chocolate blanco y, por otro, sorbete de kiwi, bambolas de yogur y eucalipto, nube de lima y sésamo negro.

Después, recorrimos los puentes de la ciudad y el centro histórico, uno de los mejor conservados de Europa de la época medieval. Además, nos entretuvimos localizando muchos escenarios de “Juego de Tronos”.

A media tarde, partimos hacia Besalú, otra ciudad medieval preciosa a unos 30km de Gerona. Nos perdimos por sus calles, fotografiamos lugares pintorescos y nos comimos las mejores magdalenas de nuestra vida en Cal Tuset (obligatoria la de crema de chocolate blanco).

Al final de la tarde, nos dirigimos por la carretera de curvas a Cadaqués, donde mos instalamos, dimos un paseo y dimos cuenta de una cena greco-catalana con producto fresquísimo de la zona en Es Grec: Pulpo, sardinas, anchoas y de postre, Taps de Cadaqués (muy fuerte, son unos bizcochos con forma de champiñón flambeados con alcohol) y yogur griego auténtico con mermelada de pétalos de rosa.

Día 8: Cadaqués

Día de playa, merecido y deseado. La playa de Cadaqués es de piedras, pero cuando te adentras unos metros ya es todo arena. No es agua turquesa de postal pero sí cristalina, limpia y a una temperatura ideal. Solo nos levantamos de allí para comer un fantástico menú del día con paella de marisco incluida en L’Alba por 16€ cada uno y para una breve siesta. Por la tarde, fuimos a otra zona de playa con mejores vistas al pueblo hasta que el sol comenzó a esconderse.

Dimos un paseo al atardecer por las callejuelas del pueblo y también bordeando el mar y tras dar muchas vueltas pensando dónde cenar, lo hicimos en la terraza del restaurante L’Hostal. Cena de 10: Pulpo a la parrilla con muselina de ajo, ensalada de bacalao y atún, suquet de marisco y un crumble de manzana verde y helado de vainilla.

Como comer es lo nuestro (por si no quedaba claro), quisimos probar unos helados de sabores peculiares en La Joia antes de volver al hotel: Lavanda + dátil y flor de naranjo, y caramelo de mantequilla salada + romero, piñones y aceite de oliva. Estaban ricos y los sabores eran conseguidos, pero tampoco me parecieron nada del otro mundo y además en cantidad fueron poco generosos teniendo en cuenta el precio (5€ cada uno).

Día 9: Cadaqués, Cala Sa Tuna y Pals

Antes de cambiar de destino, desayunamos de nuestro stock de supermercado y dimos un último paseo por Cadaqués. Si bien es cierto que es un lugar precioso, me lo esperaba más cuidado y de un blanco reluciente dada la fama que tiene. No obstante, me gustó mucho.

Cogimos carretera, paramos en un súper a por más víveres y sobre la hora de la comida llegamos a Begur para visitar Cala Sa Tuna, una de las más bonitas y famosas. Como mucha gente se marchaba para comer, conseguimos aparcamiento con relativa facilidad (previo pago de 3€) y pasamos el resto del día disfrutando del lugar.

Por la tarde, fuimos al hotel para darnos un último baño en la piscina. El precio de la costa era bastante elevado, así que hicimos base en Torroella del Montgrí. Después de asearnos, fuimos a ver el pueblo medieval de Pals, muy bonito y al estilo de Besalú. Compramos unos souvernirs gastronómicos y cenamos en el recomendado El Padró. La cena estuvo bien pero sin grandes alardes, a destacar simplemente el pollo con cigalas y los ravioli de piña rellenos de helado de coco.

Día 10: Cala Aiguablava y Peratallada

Un día nuevo de playa y esta vez en la que dicen que es la mejor cala de la Costa Brava: Aiguablava, en Begur. Aunque me quedan muchísimas por ver, no puedo quitar razón: una cala de arena fina, aguas turquesas y rodeada de pinos, digna de las mejores zonas de Baleares. El parking estaba lleno y además era carísimo (3€/hora), así que aparcamos más arriba y bajamos caminando para pasar el resto del día en este fantástico lugar no sin antes tragarnos una media hora de cola. El aforo está limitado a 280 personas y la fama es importante, con lo cual no hay forma de evitarla vayas a la hora que vayas, porque cuando salimos sobre las 17:30 seguía habiendo aún bastante gente esperando.

Después de un baño en la piscina del hotel, fuimos a visitar Peratallada, otro pueblo medieval que sin duda se convirtió en mi favorito de todos los que vimos. No nos dejamos calle por la que pasear, compramos un pack de las deliciosas magdalenas de Cal Tuset para llegar a casa y cenamos en la terraza de El Borinot en un sitio precioso que me transportaba a Valdemossa en Mallorca o la Provenza francesa. Dimos cuenta de una ensalada, langostinos, costillas a baja temperatura y crema catalana, todo estupendo y bastante bien de precio, así que lo recomendamos mucho.

Día 11: Calella de Palafrugell y vuelta a casa

Para nuestro último día de viaje, nos decantamos por Calella de Palafrugell, un pueblo pesquero precioso con casitas blancas y aguas cristalinas. Por lo visto, es donde se retiró y se inspiró Joan Manuel Serrat para componer «Mediterráneo»…. Y no me extraña en absoluto. Aunque las calas no son muy grandes y hay bastante gente, nos hicimos hueco y pasamos un último día tranquilamente con un picnic playero.

Por la tarde, en vez de hacer noche por el camino, decidimos ir del tirón a casa…. Un camino que se hizo eterno pero que al día siguiente agradecí despertándome en mi cama y no con otros cientos de kilómetros por delante.

No miento: Ha sido un viaje fantástico. Como comprenderéis, cualquiera de las zonas merece muchos más días por sí solas, pero yo hice exactamente el viaje que quería: De pinceladas. Tuve relax, naturaleza increíble, movimiento, cuidad, pueblos con encanto, gastronomía y playa. Ya lo dije el año pasado pero lo repito este sin temor a equivocarme: Vivimos en el mejor país del que no poder salir.

Eso sí, ojalá el año que viene podamos volar un poquito más lejos…. Ya son 2 veranos sin zambullirme por culturas distintas y mis “ansias de mundo” ya se retuercen.


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